"La Otra Mitad"

Capítulo 1


El agua está tibia, a la temperatura justa. Ella saca sus dedos de la bañera y los sacude. De la canilla sale apenas un chorrito, lo suficiente para mantener la calidez del baño. Se mira en el espejo que empieza a empañarse y observa sus arrugas. Son pocas, es joven, pero es el comienzo, la decadencia del cuerpo es inevitable. Se humedece los labios con la lengua, así están mejor, tienen más brillo. Se mira los ojos negros y vuelve a ver arrugas. Se lleva las manos a la cara y estira la piel, por un instante tiene veinte años. Baja las manos y toma un trozo de algodón que tenía preparado. Se quita el maquillaje.
El vapor en el espejo difumina su imagen, las arrugas desaparecen. En esa superficie opaca su piel es tersa y blanca. Unos segundos después pasa a ser un fantasma sin contornos, una figura difusa que ya no le gusta. Se aparta del espejo pero no tiene mucho lugar, el baño es pequeño. Se desabrocha la blusa de raso blanca que la humedad hizo que se le pegara al cuerpo. Se la quita y la deja en el bidet.
Lleva sus manos hacia atrás y desprende el corpiño. Respira hondo, es un alivio. Estaba demasiado ajustado. El tamaño de sus senos a veces le resulta incómodo. Los hombres tienen la fastidiosa costumbre de desviar la mirada donde no les incumbe. Todos son iguales, dice y se baja los breteles. El corpiño no cae, quedó adherido a su piel. Sonríe. Se lo saca y lo deja en el bidet.
Toca las marcas que el sostén dejó en sus pechos: atraviesan los pezones de arriba a abajo. Los frota pero los surcos no desaparecen. Tanto lío por unas tetas, dice en voz alta. Aquella parte de su cuerpo tiene muchas cualidades. Puede ser un arma, un estorbo o un sachet de leche, como escuchó decir alguna vez a su madre. Sus senos cumplieron casi todas esas funciones y algunas más.
Suelta el ganchito de su falda gris y comienza a quitársela. Al agacharse casi golpea su frente contra el lavatorio, lo esquivó en el último segundo. Suspira. Se imagina la hinchazón y el color morado que le saldrían luego del golpe. Tendría que usar kilos de Angel Face.
Levanta una pierna y luego la otra para deslizar la pollera bajo sus pies descalzos. Lo hace con cuidado, el accidente con el lavatorio que acababa de evitar le hizo tomar conciencia de su fragilidad. No quiere tropezar y romperse la cabeza contra el inodoro. Sería una muerte dolorosa y estúpida, podría agonizar en medio de dolores durante días enteros. Basta de pensar en la muerte, aparta esas ideas como si fueran moscas. Se endereza y levanta la falda hasta la altura de sus ojos. La observa con detenimiento y encuentra lo que busca. Frunce los labios. El forro interior está desgarrado y le cuelga un pequeño trozo de tela. Debió haberlo llevado así todo el día, desde la mañana. Menea la cabeza, prefiere olvidar lo que sucedió a la mañana, la discusión que tuvo cuando verificó su problemita. Tira la pollera al bidet.
Todavía le quedan las medias color piel. Las había comprado tiempo atrás en París. En una tarde nublada había decidido ir a pasear a las Galerías Lafayette. Llegó en metro hasta el subsuelo de la tienda. Apenas subió a la planta baja sintió el aroma. Descubrió que todo el edificio olía a perfume. Era un lugar enorme, le recordó al Macy’s de Nueva York pero con el refinamiento parisino. Podía gastar lo que quisiera, tenía la tarjeta platino de su “papito” en la cartera. Sin embargo sólo compró un par de medias. Deseaba demostrarle a aquel hombre que lo quería sin importar cuánto poder o dinero tuviera.
No sabe por qué se puso esas medias justo hoy. Siempre las trató con especial cariño, le traían recuerdos. Inclina su torso y levanta la pierna izquierda mientras se aferra con la mano derecha al lavatorio. La media está corrida. Se molesta. Justo hoy, se repite. Baja la tapa del inodoro y se sienta para sacárselas. Comienza a hacerlo despacio pero se da cuenta de que ya no le sirven, acelera el movimiento enrollándolas con brusquedad. Las va a arrojar al bidet pero cambia de opinión. Las tira al pequeño tacho de basura que está junto el inodoro. Chau medias.
Se levanta un instante, lo suficiente como para bajarse la bombacha unos centímetros. Se vuelve a sentar y la hace correr por sus piernas hasta quedar fuera. La examina y le quita el protector que seguía adherido por sus Flexi Alas. No está manchado de rojo. Está en fecha, le tenía que venir hace cinco días pero no vino. El protector va a la basura y la bombacha al bidet.
Se para y trata de mirarse al espejo, es imposible, sigue empañado. Su pelo negro ya está húmedo y su piel también. Le gustaría tener otro espejo en el baño, uno de cuerpo entero. Si lo tuviera se pararía de perfil para observar su silueta, se pasaría las manos por la cola y comprobaría su consistencia; hubiera estado conforme, su figura sigue siendo tan buena como en sus años mejores. Pero no tiene espejo de ese tamaño y no se puede ver. Suspira.
Va a meterse a la bañera pero recuerda algo. Recoge la ropa y sale del baño en puntas de pie. No es que le dé frío el piso, tiene los pies húmedos y no quiere dejar marcas en la cerámica. Atraviesa la casa desnuda. Pasa por el living, la cocina y llega al lavadero. Deja las prendas en un balde junto al lavarropas y vuelve a la cocina. Sobre la mesada hay unas tijeras, las agarra. Se nota por su brillo que son nuevas, filosas. Son para cortar telas pero le van a servir igual. Va dando saltitos hasta la habitación, con una mano se sostiene las tetas para que no se muevan, son pesadas y le dolería. Recoge una almohada y vuelve al baño. Entorna la puerta. Pone la almohada en la esquina de la bañera y agarra un peine. Desliza la primera pierna dentro del agua que la acaricia con suavidad, se mete despacio para que no desborde. No cierra la canilla, saca el tapón para desagotar un poco y lo vuelve a poner. Se acomoda. Tiene el peine y las tijeras en la misma mano. Echa una mirada rápida a su alrededor y ve que todo está en orden. Se hunde en el agua tibia para mojarse la cara y el pelo. Cuando emerge deja las tijeras sumergidas sobre su vientre y se estira el pelo hacia atrás. Con el peine comienza a desenredarse los cabellos negros. Le cuesta, sus rulos son rebeldes. Deja el peine y saca las tijeras del agua. Las mira un instante y se le ocurre algo peligroso. Pasa el filo por su muñeca izquierda, apenas hace presión. Queda una marca blanca sin que llegue a cortarse, piensa en lo fácil que sería terminar con sus problemas si apretara un poco más.