"Navarro"

Capítulo 1


Tomás abre los ojos, se acaba de despertar. Tiene apenas doce años y duerme en el piso sobre una piel de guanaco; él mismo la consiguió en una de sus escapadas al monte. Ese día había visto, a lo lejos, tres buitres girando en el cielo. Se acercó al lugar haciendo el menor ruido posible. Por la altura a la que volaban los pajarracos sabía que el animal seguía con vida. Lo vio tirado en la tierra, parecía dormido. Era grande y no tenía heridas, su lana brillaba bajo el sol como si fuera de oro. Cuando llegó a su lado, la bestia emitió un berrido y él casi salió corriendo, pero no lo hizo.
Dio un paso más apoyando sus pies negros y desnudos sobre una roca alta y juntó coraje. Sacó el cuchillo del cinto (una trenza de cuero que sostenía sus calzoncillos largos) y contempló el filo con respeto. Era su más preciada pertenencia, su única posesión. Fue un regalo de su padre, le había dicho que en el momento oportuno debería utilizarlo para convertirse en hombre. El momento había llegado. Se abalanzó sobre el animal saltando desde la piedra y con una maniobra torpe le desgarró el cuello. La sangre caliente le saltó encima empapándole la cara. El guanaco chillo unos instantes pero en seguida lo abandonaron sus fuerzas y expiró, estaba casi muerto antes de la cuchillada. El chico cargó al animal sobre sus hombros y volvió a la casa.
Cuando su madre lo vio entrar corrió hacia él gritando. El chico era un bulto rojo, el animal se había desangrado tiñendo sus ropas y cuerpo. Les dijo a todos que lo había cazado, que estuvo dos horas corriéndolo hasta darle alcance. No le creyeron, sin fusil ni boleadoras es imposible atrapar a un bicho semejante, pero aún así lo felicitaron. Por la noche comieron en el patio un banquete de carne de guanaco. Por primera vez tuvo su propia cama, ya era un hombre.
Estalla una ráfaga de disparos. Tomás, que permanecía acostado, recoge el cuchillo que guardaba bajo el cuero y se para de un salto. En la oscuridad de la habitación sólo son visibles sus ojos y los de sus compañeros. Los tres esclavos negros duermen en el mismo cuarto. Él es el primero en abrir la puerta y dejar que entre la luz. Está amaneciendo y es hora de levantarse, pero la luz esta mañana viene acompañada de gritos.
¿Qué pasa?, pregunta el negro viejo refregándose los ojos, está recostado sobre un catre, el único de la pieza. El otro compañero es su hermano menor, un chico de cinco años que duerme sobre una manta de lana. No quedan más hombres en la familia, el hermano mayor de Tomás, su padre y un tío, fueron reclutados hace cuatro años por el general San Martín. Al padre lo vio el año pasado, llegó una noche y se fue al día siguiente, entonces supieron que no verían más a los otros dos. Se quedaron en Cancha Rayada, dijo su padre cuando Tomás le preguntó.
Algo pasa en la calle, le dice al viejo. Su curiosidad de niño lo hace salir corriendo. Atraviesa el patio y las gallinas cacarean a su paso, huyen despavoridas de aquel chico al que conocen bien; las suele patear por pura diversión. Va hacia la salida de atrás, la de los esclavos. La puerta está cerrada pero se trepa por la higuera vieja y nudosa hasta asomarse sobre la tapia, está acostumbrado a hacerlo. Ve hombres con armas y gente que mira por las ventanas o sale a ver qué sucede. Salta a la calle.
¡Viva la revolución!, grita un hombre sucio y con un ojo solo. Tomás reconoce bajo la roña la casaca azul de los Cazadores de los Andes. ¡Muera el tirano!, se escucha a lo lejos. Van hacia la plaza. El niño, ya fuera de la casa, corre las dos cuadras que lo separan del centro de la ciudad. A medida que se acerca descubre que el lugar está lleno de gente, en su mayoría del ejército. Hay también vecinos, ¡Viva la confederación!, gritan muchos. Él no entiende de qué se trata pero el clima festivo lo arrastra y a cada cántico responde con un ¡viva! eufórico. En el medio de la plaza ve tres jinetes. ¿Será San Martín?, se pregunta. Piensa que quizás volvió el ejercito y su padre y hermano con ellos. Sin embargo no ve negros ni indios, la mayoría son criollos.
Entonces advierte que dos grupos se alejan en distintas direcciones mientras el cuerpo principal continúa en la plaza. Tomás decide seguir a uno de los pelotones, que enardecidos se abren paso a gritos con sus sables y fusiles en alto.
El chico está emocionado, se imagina a su padre como un héroe y se promete a sí mismo convertirse en general. ¡Viva San Juan!, grita la muchedumbre y el repite contento. Comprende que van en dirección al cuartel de los Cívicos. Piensa que van a unirse en el festejo con las milicias de la ciudad. De pronto el grupo acelera el paso y los gritos se transforman en alaridos. El también grita desaforado uniéndose a la carrera.
Oye disparos y se detiene. Los soldados se amontonan frente a la puerta del cuartel. No puede ver lo que sucede y recurre de nuevo a sus habilidades de trepador, sube a un álamo. Desde allí descubre que no se trata de una fiesta, están combatiendo. Ve que la multitud arremete con sables y bayonetas contra la puerta entreabierta. Un brazo solitario resiste el embate repartiendo golpes de florete a diestra y siniestra. Aquel brazo rojo no permite que la turba ingrese al cuartel. Ese brazo sin rostro es una masa sanguinolenta que se dispara frenética. Mientras varios continúan con los lances, otros empujan el portón que se resiste, un cuerpo gigante lo debe estar sosteniendo.
Pese a los esfuerzos del valiente, la puerta cede y la multitud ingresa al cuartel gritando vítores. Tomás está intrigado. No tiene idea de qué está pasando y quiere conocer al loco que quiso contener a tantos soldados. Baja del árbol y camina hacia la entrada. Algunos hombres permanecen allí en custodia felicitándose por el éxito obtenido. No le prestan atención al chico negro que con lentitud se acerca al umbral. No necesita entrar para ver la escena. Hay un solo cuerpo en el piso, está hundido en un charco de sangre. Es un soldado con uniforme de cívico.
Señor Bernardo, las palabras salen de la boca del niño como un susurro. Reconoció al loco que enfrentó al batallón. No es un gigante, es un flacucho de dieciocho años con el cargo de alférez. Lo conoce muy bien, es su amo, el hijo del dueño de la casa, Bernardo Navarro.